La devastadora verdad sobre los efectos del trigo, el azúcar y los carbohidratos en el cerebro. por el Dr. David Perlmutter.( neurólogo y miembro de la American College of Nutrition. Recibió su título de médico en la Universidad de Miami, Escuela de Medicina, donde fue galardonado con el Premio de Investigación Leonard G. Rowntree a la mejor investigación de un estudiante de medicina.)
Cerebro de pan, proporciona a la gente información sólida,
basada en evidencias evolutivas, científicas y
fisiológicas modernas.
Tu cerebro…
Pesa kilo y medio, y tiene cientos de miles
de vasos sanguíneos.
El número de conexiones que alberga supera
a la cantidad de estrellas en la Vía Láctea.
Es el órgano más grasoso de tu cuerpo.
Podría estar sufriendo en este instante
sin que te des cuenta.
En contra del trigo
Mantener el orden en lugar de
corregir el desorden es el principio
máximo de la sabiduría. Curar la
enfermedad después de que ha
aparecido es como cavar un pozo
cuando uno tiene sed, o forjar armas
después de que la guerra ha
comenzado.
NEI JING, siglo II d. C
Como una casa vieja en ruinas, los
materiales se deterioran y se oxidan, las
tuberías y el sistema eléctrico fallan, y los
muros comienzan a agrietarse a partir de
fisuras insignificantes que no son evidentes a
la vista. Conforme la casa se va deteriorando
por el uso normal, lo común es que le des el
mantenimiento que se requiera cuando sea
necesario. Sin embargo, nunca volverá a
estar como nueva, a menos que derrumbes
su estructura y la construyas de nuevo. Cada
intento de parchar y arreglar le dará más
tiempo de vida, pero a la larga las áreas que
necesitan una remodelación o un remplazo
urgente aparecen por doquier. Además,
como ocurre con todas las cosas de la vida,
el cuerpo humano simplemente se desgasta.
Una enfermedad debilitante se instala y poco
a poco progresa de forma atroz hasta que el
cuerpo termina por dar de sí.
Esto sucede sobre todo en el caso de las
enfermedades cerebrales, incluida la más
temida de todas: el Alzheimer. El famoso
“alemán” es el fantasma médico moderno
que con más frecuencia aparece en los
encabezados de los periódicos. Si hay una
preocupación sanitaria que parece eclipsar a
todas las demás conforme envejecemos es
la de caer presas del Alzheimer o de alguna
otra forma de demencia que nos vuelva
incapaces de pensar, razonar y recordar.
Hay una gran cantidad de mitos
perdurables sobre la serie de trastornos
cerebrales degenerativos entre los que se
encuentra el Alzheimer: es genético, es
inevitable cuando envejeces y es casi un
hecho que lo padecerás si vives más de 80
años.
¡No tan rápido!
Estoy aquí para decirte que el destino de
tu cerebro no está en manos de tus genes y
que no es inevitable. Además, si eres el tipo
de persona que sufre otro tipo de trastorno
cerebral, como cefalea, depresión, epilepsia
o ansiedad, es posible que el culpable no
esté programado en tu ADN.
Está en la comida que consumes.
Sí, leíste bien: la disfunción cerebral
comienza con el pan de cada día y te lo voy
a demostrar. Lo repetiré porque sé que
suena absurdo: los cereales modernos están
destruyendo silenciosamente tu cerebro.
Cuando digo “modernos” no me refiero sólo
a las harinas refinadas, a las pastas y al
arroz, que portan ya el estigma que les
imponen los enemigos de la obesidad. Me
refiero también a todos los cereales que
muchos hemos llegado a considerar
saludables: el trigo entero, el cereal entero,
el multigrano, los siete granos, el grano vivo,
el grano molido con piedra, entre otros. En
pocas palabras, estoy afirmando que lo que
se conoce como uno de los grupos
alimenticios esenciales más queridos en
realidad es una agrupación terrorista que
ataca nuestro órgano más preciado: el
cerebro. Te demostraré cómo la fruta y otros
carbohidratos pueden representar amenazas
a la salud con consecuencias a largo plazo
que no sólo sembrarán el caos en tu cerebro,
sino que también acelerarán el proceso de
envejecimiento de tu cuerpo de adentro
hacia fuera. No es ciencia ficción; es un
hecho documentado.
Cuando se trata de
conservar la salud de nuestro cerebro y
facultades mentales, tendemos a pensar que
no depende de nosotros, que de algún modo
es nuestro destino desarrollar trastornos
cerebrales durante la flor de la vida y
volvernos seniles en nuestra vejez, o que
escaparemos de ellos por pura suerte
genética o gracias a los nuevos
descubrimientos médicos.
Sin duda, es
probable que hagamos bien al mantener la
mente ocupada después de jubilarnos,
resolver acertijos, ejercer la lectura y visitar
museos. No es como si no hubiera una
correlación muy evidente entre las
disfunciones mentales y ciertas elecciones de
vida específicas, como la hay —digamos—
entre fumar dos cajetillas diarias y
desarrollar cáncer de pulmón, o devorar
papas fritas y volverse obeso. Como ya dije,
tenemos la costumbre de colocar los
padecimientos cerebrales en una categoría
separada de las otras afecciones que sí
asociamos con los malos hábitos.
Para
cambiar esta percepción, te mostraré la
relación que existe entre cómo vives y el
riesgo que tienes de desarrollar una serie de
problemas cerebrales, algunos de los cuales
podrían afectarte en la infancia y otros que
podrían serte diagnosticados hacia el final de
tu vida. Creo que los cambios alimenticios
que han ocurrido en el último siglo —de una
dieta alta en grasa y baja en carbohidratos a
una baja en grasas y alta en carbohidratos,
que sobre todo consiste en cereales y otros
carbohidratos dañinos— son el origen de
muchas calamidades modernas ligadas al
cerebro, incluidos la cefalea, el insomnio, la
ansiedad, la depresión, la epilepsia, los
trastornos motores, la esquizofrenia, el
trastorno de déficit de atención e
hiperactividad (TDAH) y esos momentos de
senilidad que muy probablemente anteceden
un declive cognitivo grave y una enfermedad
cerebral progresiva, irreversible, intratable e
incurable. Te revelaré cuál es el vasto efecto
que en este instante podrían estar
provocando los cereales y los azúcares en tu
cerebro sin que siquiera lo notes.
La idea de que nuestro cerebro es
propenso a lo que comemos ha estado
circulando de forma discreta en la literatura
médica más prestigiosa de los últimos
tiempos. Esta información pide a gritos ser
divulgada al público, el cual cada vez padece
más el engaño de una industria que vende
alimentos que suelen considerarse
“nutritivos”. También nos ha llevado a
médicos y a científicos como yo a cuestionar
lo que consideramos “saludable”. ¿Es posible
culpar a los carbohidratos y a las grasas
poliinsaturadas de origen vegetal —como los
aceites de canola, de maíz, de semilla de
algodón, de cacahuate, de cártamo, de soya
y de girasol— de las tasas ascendentes de
cardiopatías, obesidad y demencia? ¿En
realidad una dieta alta en grasas saturadas y
en colesterol es buena para el corazón y el
cerebro? ¿Es posible cambiar nuestro ADN a
través de la comida a pesar de los genes que
heredamos? Es bien sabido hoy día que el
sistema digestivo de un porcentaje pequeño
de la población es intolerante al gluten, una
proteína presente en el trigo, la cebada y el
centeno, pero, ¿es posible que el cerebro de
casi toda la gente también reaccione de
manera negativa a este ingrediente?
Como neurólogo
practicante que día con día atiende a
individuos que buscan respuestas a sus
padecimientos cerebrales debilitantes, así
como a familias que luchan por lidiar con la
pérdida de las facultades mentales de un ser
querido, me siento obligado a llegar hasta el
fondo del asunto. Quizá lo hago porque no
sólo soy neurólogo acreditado y miembro del
Colegio Estadounidense de Nutrición —de
hecho, soy el único médico en Estados
Unidos que cuenta con ambas acreditaciones
—, sino también miembro fundador y socio
del Consejo Estadounidense de Medicina
Holística e Integral. Esto me permite tener
una perspectiva única sobre la relación que
existe entre lo que comemos y el
funcionamiento de nuestro cerebro. No es
algo que la mayoría de la gente comprenda
a cabalidad, ni siquiera los médicos que se
formaron antes de que se consolidara esta
nueva ciencia. Sin embargo, es hora de
prestar atención. Es hora de que alguien
como yo se levante de la mesa del
microscopio, salga por la puerta de la sala
de análisis clínicos y haga la denuncia. ¡Las
estadísticas son aplastantes!
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